La zona sur del estado se encuentra bajo una vigilancia epidemiológica silenciosa pero urgente. El reporte de probables casos de miasis humana en comunidades rurales y zonas periféricas ha encendido las alarmas, no solo por la naturaleza de la infección, sino por la falta de registros oficiales que permitan dimensionar el alcance real del problema.
El contexto importa: estamos ante una afección provocada por la infestación de tejidos vivos por larvas de mosca, un cuadro que suele avanzar cuando las heridas abiertas no reciben la higiene o el tratamiento adecuado.
El desarrollo de esta problemática en municipios como Othón P. Blanco y Bacalar se ha visto potenciado por las condiciones climáticas de la región y la cercanía con actividades ganaderas, donde la “gusanera” es común. Sin embargo, el salto al tejido humano no es exactamente una sorpresa para quienes conocen las carencias en los centros de salud comunitarios. La falta de un censo preciso sugiere que muchos pacientes están tratándose en casa, lejos de los protocolos de la Secretaría de Salud.
Como si hiciera falta recordarlo, la miasis no discrimina, pero se ensaña con los sectores más vulnerables: adultos mayores o personas con movilidad limitada que presentan lesiones cutáneas previas. La explicación oficial, que suele llegar a cuentagotas, deja preguntas sobre si las campañas de fumigación y control de vectores han sido suficientes para frenar no solo al dengue, sino a estas otras amenazas menos “populares” en el presupuesto público.
La consecuencia real de este subregistro es el riesgo de complicaciones graves, como infecciones secundarias o pérdida de tejido, que podrían evitarse con una detección temprana. Por ahora, la tensión queda abierta entre la realidad que reportan las comunidades y las cifras que aún no terminan de aparecer en los boletines oficiales.



















































