Detrás de las luces de neón y el bullicio turístico de la Quinta Avenida, la realidad suele ser menos brillante. En un operativo coordinado por fuerzas federales y estatales, se logró el rescate de varias mujeres que eran víctimas de explotación en establecimientos de este destino. La intervención, que incluyó cateos en puntos estratégicos, busca desmantelar una red que operaba aprovechando el flujo constante de visitantes.

El contexto importa. No es un secreto que Playa del Carmen ha lidiado históricamente con la dualidad de ser un paraíso vacacional y, simultáneamente, un punto crítico para la trata de personas y la explotación laboral o sexual. En esta ocasión, la Fiscalía General del Estado (FGE) y la Guardia Nacional ejecutaron órdenes judiciales tras semanas de seguimiento y denuncias anónimas que señalaban actividades irregulares en locales disfrazados de centros de entretenimiento.
No es un dato menor que entre las víctimas se encuentren tanto ciudadanas mexicanas como extranjeras, lo que confirma la escala transnacional de estos grupos delictivos. La explicación oficial deja preguntas sobre cuánto tiempo llevaban operando estos sitios bajo la mirada de todos, pero sin la inspección de nadie.
Como si hiciera falta recordarlo, este tipo de golpes suelen ser apenas la punta del iceberg en una industria clandestina que se mimetiza con la vida nocturna de la Riviera Maya. Durante las diligencias, las autoridades también aseguraron narcóticos y equipos de comunicación, elementos típicos del “kit” de operación de estas células.
Lo que sigue ahora es el proceso de atención victimológica; las mujeres rescatadas han sido puestas bajo resguardo de instituciones especializadas para recibir apoyo psicológico y legal. Mientras tanto, los inmuebles han sido asegurados con los sellos correspondientes de la Fiscalía, a la espera de que las investigaciones determinen quiénes son los verdaderos dueños de un negocio que lucra con la libertad ajena.



















































