En las periferias de Cancún, donde el asfalto cede el paso a la terracería y las promesas de servicios básicos rara vez llegan, ha florecido un negocio tan vital como turbio. Colonias como Tres Reyes, Avante y El Porvenir están hoy bajo la lupa debido a la aparición del llamado “huachicol de agua”, un mercado clandestino que aprovecha la histórica sed de los asentamientos irregulares para hacer caja. El detalle no es trivial.
Mientras la zona hotelera presume sus albercas cristalinas, a pocos kilómetros las familias dependen de pozos artesanales de hasta 25 metros de profundidad o de la buena voluntad —ya extinta— de las concesionarias. Sin embargo, la Fiscalía General del Estado ya sigue el rastro a este fenómeno, manteniendo abiertas al menos cinco carpetas de investigación por fraudes relacionados con el suministro de agua mediante pipas de dudosa procedencia.
El “modus operandi” es casi de manual: los proveedores irregulares, conocidos por ofrecer “agua fantasma”, acechan principalmente a los recién llegados. Los vecinos con más años en la zona han aprendido a desconfiar por instinto; saben que aceptar una carga de estas unidades sin folio ni permiso es comprarse un problema legal o sanitario.
Como si hiciera falta recordarlo, el acceso al recurso siempre ha sido el gran desafío de estas zonas “olvidadas”. Macrina Jiménez, residente de la colonia México con tres décadas de arraigo, recuerda cuando el suministro dependía de un ducto conectado a un cárcamo sobre la López Portillo. Hoy, esa flexibilidad es un recuerdo lejano. La realidad actual es más rígida: si una pipa no exhibe documentos en regla en los cárcamos oficiales, se le niega el paso.
Esto plantea una pregunta incómoda: si no sale de los puntos autorizados, ¿de dónde viene el agua que venden los huachicoleros? Operarios de la concesionaria sugieren que el líquido se extrae de fuentes no autorizadas, alimentando un circuito de ilegalidad que crece a la sombra del crecimiento urbano desordenado.
Lo que sigue para estas colonias no es solo la batalla por la regularización de la tierra, sino la urgencia de frenar a quienes han encontrado en la escasez un modelo de negocio. Por ahora, la tensión queda abierta entre la necesidad de llenar el tinaco y el riesgo de alimentar a las mafias del agua.





















































