El blindaje de la Casa Real británica parece haber cedido finalmente. Este jueves, las autoridades del Reino Unido procedieron a la detención del príncipe Andrés, hijo de la fallecida reina Isabel II, en el marco de las investigaciones globales que siguen abiertas por el caso de la red de tráfico de Jeffrey Epstein.
La detención no es un dato menor. Después de años de evitar declaraciones judiciales, de perder sus títulos militares y de pagar acuerdos millonarios fuera de los tribunales para evitar juicios civiles, la justicia ha decidido que el refugio en las residencias reales no es suficiente para frenar un proceso penal. El contexto importa: la presión social y el surgimiento de nuevos testimonios han vuelto insostenible la estrategia del silencio que Buckingham Palace intentó mantener por años.
El arresto se da en un momento de vulnerabilidad para la monarquía, que busca proyectar modernidad mientras carga con los fantasmas de un pasado turbio. Según los primeros informes, la detención responde a requerimientos legales que vinculan directamente al duque de York con actividades ilícitas dentro de la estructura de Epstein. La explicación oficial de Scotland Yard deja preguntas sobre qué pruebas nuevas han surgido para justificar una medida de esta magnitud contra un miembro directo de la familia del Rey Carlos III.
Como si hiciera falta recordarlo, el príncipe Andrés siempre sostuvo que su relación con Epstein era meramente social y que “no recordaba” a las víctimas que lo señalaban directamente. Sin embargo, en el lenguaje judicial, la falta de memoria suele caducar cuando aparecen documentos o transferencias que dicen lo contrario. No exactamente una sorpresa para quienes han seguido de cerca el caso, pero sí un terremoto para la diplomacia británica.
El príncipe ha sido trasladado para iniciar los interrogatorios formales bajo custodia. La tensión abierta no solo se siente en Londres, sino en Washington, donde el Departamento de Justicia ha solicitado cooperación por años. Lo que sigue es una batalla legal de proporciones históricas donde la corona se juega, más que el honor, su relevancia en el siglo XXI.




















































