En un operativo relámpago que intentó devolver algo de calma a una ciudad sacudida por el humo, autoridades de los tres niveles de gobierno confirmaron la captura de varios sujetos presuntamente implicados en la quema de vehículos ocurrida este 26 de febrero. Los ataques, que se concentraron en puntos estratégicos de la zona urbana, habían generado una psicosis colectiva en plena temporada alta.
El contexto importa: no se trata de incidentes aislados o fallas mecánicas coincidentes. La naturaleza coordinada de los ataques apunta directamente a una exhibición de fuerza por parte de grupos delictivos locales. No es un dato menor que las detenciones se lograran gracias al seguimiento por cámaras de videovigilancia, esas que a veces parecen de adorno, pero que hoy sí dieron resultados.
La respuesta oficial
Tras los reportes de unidades calcinadas en distintas colonias, la Secretaría de Seguridad Ciudadana desplegó un cerco que culminó con la localización de los sospechosos. La explicación oficial deja preguntas sobre el móvil exacto: ¿extorsión, cobro de piso o una simple distracción para otras actividades? Como si hiciera falta recordarlo, en Playa del Carmen la línea entre el crimen común y el control territorial es peligrosamente delgada.
No exactamente una sorpresa para los habitantes, quienes han visto cómo la violencia muta de ataques directos a agresiones contra el patrimonio para generar impacto mediático. A los detenidos se les aseguraron recipientes con combustible y otros objetos que, según la fiscalía, los vinculan directamente con los siniestros.
A pesar de las capturas, el ambiente en las calles de Solidaridad sigue siendo de una tensa calma. Las autoridades han reforzado los patrullajes, pero el daño a la percepción de seguridad —y a la pintura de los autos afectados— ya está hecho.
¿Qué sigue?
Los detenidos ya están a disposición del Ministerio Público, donde se determinará su situación jurídica en las próximas horas. Lo que queda pendiente es saber si estas capturas desactivan la célula responsable o si solo son el eslabón más reemplazable de una cadena de violencia que se niega a soltar el destino turístico.



















































