Lo que en los discursos oficiales se vende como un bloque monolítico, en la realidad se parece más a un campo de batalla. Morena en Quintana Roo atraviesa una crisis política interna que ha dejado de ser un secreto a voces para convertirse en un conflicto abierto entre sus distintas facciones. La disputa por el control del partido y la definición de rumbos hacia el futuro inmediato ha tensado las cuerdas del Comité Ejecutivo Estatal. El contexto importa, sobre todo cuando la disciplina partidista empieza a ser superada por la ambición de grupos locales.
El epicentro del conflicto radica en el aparente choque entre la dirigencia formal, encabezada por Johana Acosta, y diversos liderazgos que acusan una “centralización excesiva” en la toma de decisiones. No se trata solo de un intercambio de opiniones, sino de una fractura que cuestiona quién lleva realmente las riendas del partido en el estado: si las bases fundadoras o la estructura alineada directamente con el poder ejecutivo estatal.
Como si hiciera falta recordarlo, en política el silencio suele ser más ruidoso que los gritos, y el vacío de ciertos cuadros en eventos clave de la dirigencia dice más que cualquier comunicado de prensa. No exactamente una sorpresa que, con el 2027 asomándose en el horizonte político, los grupos internos hayan decidido marcar territorio, incluso a costa de exhibir las debilidades del proyecto guinda en la entidad.
La explicación oficial deja preguntas sobre la cacareada “democracia interna”, mientras las denuncias de exclusión por parte de los militantes de la llamada “vieja guardia” siguen acumulándose en los pasillos de las oficinas partidistas. Mientras la dirigencia insiste en que no hay división, el lenguaje corporal de sus líderes y la ausencia de consensos en temas territoriales sugieren que la casa no está tan en orden como pretenden proyectar.
Lo que sigue para Morena en Quintana Roo es una prueba de fuego: o logran una operación cicatriz auténtica —y no solo cosmética— o llegarán al próximo proceso electoral con una estructura fragmentada que podría ser vulnerable, no ante la oposición, sino ante sus propios errores internos. La tensión queda abierta y el desenlace dependerá de quién ceda primero en este juego de pulsos por el poder regional.




















































