En una entidad donde el desarrollo inmobiliario y el asfalto avanzan a un ritmo que a veces marea, hay gigantes que han estado ahí mucho antes que el primer hotel. El Gobierno de Quintana Roo, a través de la Secretaría de Ecología y Medio Ambiente (SEMA), ha lanzado oficialmente la convocatoria para declarar Árboles Históricos y Notables. El objetivo es simple en el papel, pero profundo en su ejecución: identificar y proteger aquellos ejemplares que, por su tamaño, edad o por haber sido testigos de la historia local, merecen algo más que solo ser parte del paisaje. El contexto importa, sobre todo cuando la identidad de un estado se cimenta en su selva.
La convocatoria no es un trámite burocrático más; es un llamado a la ciudadanía, organizaciones y ayuntamientos para postular ejemplares que tengan un valor excepcional. No basta con que el árbol sea “bonito”. Para entrar en este catálogo selecto, los candidatos deben cumplir con criterios específicos: una longevidad probada, dimensiones que desafíen la norma o una vinculación directa con eventos históricos o tradiciones culturales de la región. Como si hiciera falta recordarlo, en un estado con tanta presión turística, tener un decreto de protección es, a veces, la única forma de asegurar que una ceiba milenaria no termine convertida en leña para un proyecto de infraestructura.
El proceso de selección estará a cargo de un comité técnico que evaluará la viabilidad de cada propuesta. Una vez declarados, estos árboles no solo recibirán un título honorífico, sino que quedarán integrados formalmente en un esquema de conservación que obliga a las autoridades y ciudadanos a velar por su integridad. La explicación oficial deja preguntas sobre el presupuesto exacto destinado a su mantenimiento a largo plazo, pero el primer paso —el reconocimiento legal— es un avance que la sociedad civil llevaba tiempo reclamando.
El desarrollo de Quintana Roo suele medirse en cuartos de hotel y metros cuadrados de construcción, pero esta iniciativa intenta cambiar la métrica hacia los anillos de crecimiento de sus troncos más antiguos. La convocatoria estará abierta para recibir expedientes técnicos que justifiquen por qué ese ejemplar que ha sobrevivido a huracanes y al avance urbano merece ser considerado patrimonio estatal.
Lo que sigue ahora es ver cuántos de estos gigantes logran entrar al registro antes de que el entorno cambie de nuevo. La tensión queda abierta entre la necesidad de conservar el pulmón histórico del estado y la inercia del crecimiento económico que rara vez se detiene a preguntar la edad de un árbol.



















































