Un grupo de investigadores y especialistas del sector cultural ha puesto el dedo en la llaga sobre la reciente “puesta en valor” de zonas arqueológicas en Campeche y Quintana Roo. La acusación no es sutil: califican de “fraude” la forma en que se han habilitado estos espacios, señalando que la urgencia política ha pasado por encima del rigor científico y la conservación real.
El contexto importa: en medio de la inauguración de hoteles y rutas de transporte masivo, el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) ha acelerado la apertura de senderos y servicios. Sin embargo, para los expertos, lo que se está entregando al público es una versión “disneyficada” del pasado maya. No es un dato menor que las críticas provengan de quienes conocen piedra por piedra el subsuelo de la península.
Patrimonio vs. Espectáculo
La queja central radica en que los recursos se han volcado en fachadas, estacionamientos y centros de atención a visitantes, mientras que la investigación profunda y la consolidación de las estructuras originales han quedado en segundo plano. Como si hiciera falta recordarlo, un sitio arqueológico no es solo un escenario para fotos; es un documento histórico que, una vez alterado por la prisa, pierde su valor informativo.
La explicación oficial suele centrarse en la democratización del patrimonio y el impulso al turismo comunitario. No obstante, la comunidad académica advierte que la infraestructura se ha levantado sobre áreas no exploradas, sepultando potencialmente hallazgos clave. No exactamente una sorpresa en un contexto donde los tiempos de entrega de obra suelen ignorar los tiempos que dicta la arqueología.
Además, los investigadores señalan una preocupante falta de personal capacitado para el mantenimiento a largo plazo de estos nuevos “parques”. La inversión parece agotarse en el corte del listón, dejando la sostenibilidad de los sitios a la deriva del clima y el flujo masivo de visitantes.
¿Qué sigue?
La tensión entre el desarrollo turístico y la academia sigue abierta. Mientras el gobierno defiende estos espacios como el nuevo motor económico del sur, los especialistas exigen auditorías técnicas y una revisión profunda de los planes de manejo. La pregunta implícita es incómoda: ¿estamos preservando la historia o simplemente construyendo escenografías para el paso del tren?


















































