La zona sur de Quintana Roo se ha convertido en el epicentro estatal de una batalla silenciosa, pero bastante voraz. Según los reportes más recientes de las autoridades sanitarias y organizaciones ganaderas, esta región lidera las estadísticas de infestación por el gusano barrenador, una plaga que no solo amenaza al sector pecuario, sino que ya ha encendido alertas por su presencia en humanos.
El contexto importa: mientras el estado intenta mantener su ritmo turístico y económico, en los ranchos y comunidades rurales de municipios como Othón P. Blanco y Bacalar, la preocupación es de otro tipo. No es un dato menor que la mayoría de los casos registrados en la entidad se concentren precisamente aquí, en la frontera con Centroamérica, por donde el avance de la mosca Cochliomyia hominivorax parece no haber encontrado muros efectivos.
Desarrollo del brote
A inicios de este 2026, la Unión Ganadera Regional ya advertía que las cifras oficiales podrían quedarse cortas. Muchos productores, ante la desesperación de ver a sus animales afectados, han optado por aplicar tratamientos por cuenta propia sin reportar cada caso a las autoridades. Como si hiciera falta recordarlo, el subregistro es el mejor amigo de las plagas.
Hasta el último corte de febrero, Quintana Roo suma decenas de casos activos. El Servicio Nacional de Sanidad, Inocuidad y Calidad Agroalimentaria (Senasica) ha reforzado los cercos fitosanitarios, pero la geografía del sur juega a favor del insecto. La movilidad del ganado y la cercanía con focos de infección en países vecinos mantienen la zona bajo un aviso preventivo constante.
La explicación oficial deja preguntas sobre la rapidez de la respuesta. Aunque se han habilitado macromódulos y se han distribuido insumos para el combate de la miasis —la enfermedad causada por la larva—, el ritmo de contagio en el sur-sureste del país muestra que la mosca vuela más rápido que la burocracia. En humanos, la confirmación de casos en la península ha elevado el tono de la emergencia de un tema meramente económico a uno de salud pública.
¿Qué sigue?
El control de la plaga depende hoy de un binomio frágil: la vigilancia epidemiológica estricta y la transparencia de los ganaderos al reportar sus animales enfermos. Por ahora, el sur sigue bajo la lupa, esperando que las moscas estériles liberadas por el programa de control cumplan su función antes de que el impacto en las mesas y los bolsillos de los quintanarroenses sea irreversible.
La pregunta queda en el aire: ¿serán suficientes los cercos actuales para frenar un problema que se alimenta, literalmente, de tejido vivo?



















































