En un momento donde la diplomacia norteamericana parece endurecer el tono, la presidenta Claudia Sheinbaum reafirmó que la política exterior de México no se dicta desde fuera. La mandataria reiteró que el apoyo de México a Cuba continuará, principalmente en materia energética, bajo el argumento de la solidaridad humanitaria y la soberanía nacional. El contexto importa, especialmente cuando las advertencias de sanciones desde Washington comienzan a elevar los decibeles.
El respaldo, que se ha traducido en envíos de petróleo para aliviar la crisis eléctrica que apaga la isla, ha sido objeto de escrutinio por parte de sectores republicanos y el gobierno estadounidense. Sin embargo, para la administración mexicana, la ayuda no es un asunto de ideología, sino de derecho internacional y hermandad regional.
Como si hiciera falta recordarlo, la relación de México con la isla ha sido, históricamente, el termómetro de su autonomía frente a la Casa Blanca. No es exactamente una sorpresa que Sheinbaum mantenga el guion de su predecesor, priorizando la estabilidad de Cuba para evitar una crisis migratoria mayor, aunque esto signifique caminar por la cuerda floja en el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC).
La explicación oficial deja preguntas sobre hasta qué punto esta “ayuda humanitaria” podrá sostenerse si las amenazas de aranceles o sanciones directas a Pemex pasan del discurso a la realidad administrativa en los próximos meses. Por ahora, México se mantiene firme: el combustible seguirá fluyendo mientras la situación en la isla lo requiera.
El desenlace de esta postura no solo afectará la red eléctrica cubana, sino que pondrá a prueba la resistencia de la relación bilateral con Estados Unidos en un 2026 que promete ser turbulento en temas comerciales. La pregunta queda en el aire: ¿cuál es el costo real de mantener encendidas las luces en La Habana?




















































